Amistad Bilbao  28 nov 2021

Hard to be a girl’. Miedos, Covid y espacio público


https://www.pikaramagazine.com/2021/10/hard-to-be-a-girl-miedos-covid-y-espacio-publico/


‘Hard to be a girl’. Miedos, Covid y espacio público

MARÍA BASTARÓS


20/10/2021



Nos han metido el miedo en el tuétano con excesiva vehemencia gracias a un cóctel terrible de realidad, medios de comunicación y pánico social.


(una mujer tapada con una túnica vuelve camina sola por la calle. Imagen en blanco y negro

Escena de la película ‘Una chica vuelve sola a casa de noche’, de Ana Lily Amirpour (2014).)


Es duro ser una chica. Ya lo cantaba Adam Green en su Hard to be a girl / so nice to be a boy, ya lo aseguraba hace poco la estrella intelectual de nuestra generación Z, Elizabeth Duval, al afirmar que, si el género tuviera algo que ver con la autodeterminación -como la nueva y bien intencionada ley trans pretende-, nadie en su sano juicio elegiría ser una chica. Ser una chica conlleva dolores físicos y emocionales que no todos estamos dispuestos a asumir a cambio de poder pintarnos las uñas con fosforescente y típex durante la adolescencia, engendrar vida -la que pueda y quiera-, generar redes vecinales a través del tendedero del balcón y tal vez, con un poquito de suerte, llegar un día a hacer squirt -de nuevo, claro, la que quiera y pueda-. Todo eso es estupendo, sí, maravilloso, sí. Pero ser una chica es, principalmente, tener miedo: vivir alerta, hiperconsciente de tu propio cuerpo, reaccionar ante los ruidos que emergen de bocacalles y vehículos cuando vuelves a casa de noche. La actividad por excelencia de una chica es, -y qué pena-, la vigilancia. Y la reacción social ante aquellas que han errado en esa vigilancia de lo externo y lo interno -porque no solo se vigila al potencial peligro, también se ha de vigilar lo que una hace o ha hecho o debió hacer en relación con este- es un todavía demasiado habitual “es que cómo se le ocurre irse con esos chicos”, “es que cómo se le ocurre meterse en ese coche”, “es que cómo se le ocurre caminar por esa calle a esas horas”. Cómo se nos ocurre no estar constantemente en virtuosa posición de defensa, cómo se nos ocurre no ser las Franz Beckenbauer de este partido de fútbol lleno de patadas en la espinilla y hooligans exaltados que es el mundo.


Las mujeres tenemos miedo a muchas cosas. Existen miedos relacionados con ese campo de batalla que es el cuerpo -el miedo a la menstruación, al embarazo, a la menopausia, a las hormonas que van y vienen y dejan tu identidad temblando como un pueblecito de la costa tras el asalto de los vikingos, miedo a no obtener el passing en el caso de las mujeres trans, miedo a que Lidia Falcón y sus amigas abusonas te digan que no tienes derecho a existir, miedo a ser exotizadas y fetichizadas en el caso de las mujeres no blancas-, miedos sociales -miedo a hablar en público, miedo a expresar una opinión, miedo a triunfar, miedo a ser una solterona, una mala madre, a no ser madre en absoluto-, miedos psicológicos heredados de la caracterización de las mujeres en todo tipo de referentes culturales y populares -miedo a la falta de autocontrol, miedo a ser una histérica, a la depresión, a la locura, a la excentricidad, miedo a desear, miedo al placer, miedo a no saber envejecer-. Y miedo, claro, a ser objeto de la violencia ajena: miedo a ser maltratada, perseguida, acosada, violada, asesinada, descuartizada, introducida en una maleta. Un miedo que, teniendo evidentes argumentos a su favor -feminicidios en el telediario casi todos los días, la Manada, violaciones múltiples, Larry Nassar, Harvey Weinstein, el violador del Eixample, transfobia de género- nos han metido en el tuétano con excesiva vehemencia gracias a un cóctel terrible de realidad, medios de comunicación y pánico social.


No vayas, no salgas, no hagas, porque mira lo que pasa cuando lo haces. Mira lo que pasa cuando haces autostop, mira lo que pasa cuando te emborrachas en las fiestas de tu pueblo, mira lo que pasa cuando no estás recostada en el sofá, bebiendo un te, leyendo lo último de Marian Keyes.

Un ejemplo clásico de este discurso es el tratamiento mediático del caso Alcàsser: narrado con dinámicas más propias de la ficción, convirtió la tragedia en una auténtica teleserie. Desde los medios se construyó un relato coral, plagado de personajes a los que se entrevistaba por puro morbo —famoso es el programa de Nieves Herrero en el que se citó a casi la totalidad del pueblo—, con sus dosis de intriga y conspiranoia, hipótesis descabelladas sobre los motivos del crimen y, por supuesto, un subtexto moral que empapaba cada conversación. «Chicas jóvenes, en busca de diversión, acuden por la noche a una fiesta y son asesinadas por dos hombres malvados». Ese era, de manera sucinta, el relato de los hechos. ¿Y qué supuso esa narrativa para las mujeres de toda una generación? Padres que no dejaban salir a sus hijas de casa, toques de queda y discursos proteccionistas. El miedo se transformó en un acotamiento de fronteras para las mujeres, no en un análisis de la violencia machista y de sus herramientas de prevención: educación, generación de nuevos roles en cine y publicidad, refuerzo de la actitud igualitaria. Igual había sucedido dos décadas antes con los crímenes de Peter Sutcliffe en Yorkshire: tras las múltiples violaciones y feminicidios cometidos por un desconocido, la policía decidió imponer un toque de queda… a las mujeres. Ya entonces en Inglaterra, cientos de jóvenes enfadadísimas salieron a la calle para gritar un eslogan, «Reclaim the night«, fruto de años de confusión social en cuanto a dónde situar la culpa y la prevención.


En su libro Reinas del grito, un viaje por los miedos femeninos (Blackie Books, 2020) Desirée de Fez, crítica de cine y coorganizadora del Festival de Cine Fantástico de Sitges, utiliza su bagaje como devoradora de cine de terror para hablar de algunos de los miedos ligados a las mujeres, y lo hace a través de películas que han marcado su vida y su mirada hacia el exterior: miedo a no ser aceptada (La noche de Halloween), miedo al ***** (It Follows), miedo al embarazo (La semilla del diablo), miedo a no resistir (The final girl). Miedo, en resumen, a no estar a la altura de las expectativas propias y ajenas en un mundo en el que mantenerse cuerda, proactiva y sana resulta cada vez más difícil. Hablar de los miedos, de lo que nos asusta, debería -valga la redundancia- ser un deber: ya caídas en desgracia las reuniones de tupper-sex (recuperémoslas, por favor), habría que imaginar nuevas excusas para la aglomeración femenina, y una, sin duda, habría de ser el tupper-fear. Ven aquí, amiga, cuéntanos qué temes. Probablemente, verás tantas cabezas asintiendo como invitadas haya en nuestra pequeña fiesta del miedo. Pero no siempre estamos dispuestas a abrir la boca respecto a lo que nos atemoriza, incomoda o causa desazón. Desirée de Fez habla en el prólogo de la reticencia de su madre y hermana a conversar sobre sus miedos: “Mi estrategia es siempre la misma. En estos encuentros familiares, primero recuerdo entre risas, como si fueran las simpáticas anécdotas que en realidad no son, los miedos más tontos y ridículos que tenemos en común, a menudo conectados con la superstición. Después intento tirar de ellos hasta llegar a los más complejos. Pero no hay manera. Mi hermana y mi madre desvían la conversación en cuanto advierten que me pongo más seria de lo normal. No sé si son menos conscientes que yo de ese miedo y mi solemnidad les da pereza, si no quieren hablar del tema o si les aterra dedicarle aún más tiempo. Podría perfectamente darles miedo hablar de sus miedos, lo cual para mí tiene todo el sentido”.


Todas las mujeres sabemos que la libertad, como dijo Nina Simone, es no tener miedo

Porque abrir el melón del miedo, ¿es trocearlo, licuarlo, hacer con él un zumo que puedes beber y luego expulsar de tu cuerpo en la forma de una orina verdosa y de olor dulzón, o es invocar el miedo, hacerlo más sólido, convertirlo en una bufanda que apretarte bien fuerte en torno al cuello? Durante los últimos años el feminismo ha sido el movimiento que, armado con un cuchillo de biselafilado, ha ido partiendo el melón y exponiendo sus trozos para el diálogo público. El feminismo ha salido a las calles y ha cantado: «Cuando vuelvo a casa quiero ser libre, no valiente». Porque todas las mujeres sabemos que la libertad, como dijo Nina Simone, es no tener miedo. Todas soñamos con dejar de tener miedo. Y ese miedo habita, sobre todo, en el espacio público, en la mirada, las manos y las potenciales acciones de otros: una serie de cuestiones que han mutado -como todo- desde 2020, annus horribilis de la Covid-19 y punto de inflexión de las sociedades contemporáneas y el modo en que sus cohabitantes interactúan y se relacionan entre ellos. Una etapa sin precedentes a la todos nos hemos tenido que adaptar, con mayor o menor éxito en función de nuestros contextos vitales.


Entremos en materia: desde marzo de 2020, cuando se hace evidente la existencia de la pandemia, las cifras de muertes aumentan día a día. Se impone el distanciamiento social y, finalmente, Estado de alarma mediante, se recurre al confinamiento domiciliario. Las calles se vacían y el mundo vive pegado a las pantallas, aterrorizado, pendiente de cada nueva información: el miedo se convierte en un territorio compartido al que se nos lanza sin piedad a hombres y mujeres. Los problemas mentales causados por el aislamiento y la ansiedad están a la vuelta de la esquina, y los efectos más inmediatos recaen sobre aquellos colectivos más vulnerables: las trabajadoras *****, con un oficio sin regular y, por tanto, ajenas a ayudas económicas, se ven forzadas a seguir trabajando si quieren recibir algún ingreso. Asociaciones como la Sex Workers Alliance Ireland (SWAI) crean un fondo de solidaridad para brindar apoyo económico en medio del desamparo social. Miedo a la pobreza, a la precariedad, miedo a morir de hambre. Las mujeres que sufren maltrato de género son otro de los colectivos más afectados por el confinamiento, que crea las condiciones idóneas para que este tipo de violencia se potencie: la clausura del hogar aumenta el control de los agresores y facilita su impunidad. Miedo a quedarse a solas con el demonio, miedo al encierro con una violencia feroz que ocupa cada metro cuadrado de la casa. Miedo a decir, hacer o decir algo que la desate. La Covid estira, transforma, alarga o complejiza los miedos. Los pone contra las cuerdas. Además, y según estudios de Miguel A. López y Lucas Platero, los adolescentes con*****idades e identidades de género no normativas se enfrentan a grandes riesgos en su salud psicosocial debido al confinamiento, sobre todo en el caso de contextos familiares en los que su identidad es rechazada. Muchos recurren a internet para encontrar un lugar en el que sentirse acogidos. Miedo a la soledad, al no reconocimiento, a la ilegitimidad. Miedo a desaparecer. Ante el desastre pandémico, el intelecto de quienes están en situación de emplearlo se pone a trabajar, e interesantes reflexiones alcanzan la superficie. La periodista Nerea Pérez de las Heras, en un artículo para El País, asocia la nueva conciencia del espacio personal y sus límites a un posible avance en la consideración del consentimiento, piedra filosofal de las relaciones entre hombres y mujeres: «Ha hecho falta una pandemia, pero por fin se ha entendido que el mutuo acuerdo en todo lo referente al contacto físico es sagrado».


Bien, indaguemos por ahí.


Según John Berger en su magnífico ensayo Modos de ver, mientras los hombres miran el mundo, mientras su mirada se centra en el exterior, las mujeres se ven a sí mismas siendo miradas. Las mujeres se observan, son conscientes en todo momento de su cuerpo, de su exposición. De qué cara tienen cuando realizan tal o cual actividad, del aspecto que ofrecen a los demás. En una escena de la famosa -y encantadora- serie Sex Education, una adolescente pasa por fetichista debido a su manía de poner una almohada sobre la cara de su novio durante su orgasmo.

Pero el motivo de esta tendencia no es, como él cree, un impulso sádico: simplemente no quiere ser observada mientras se corre porque, le parece, su cara adquiere un aspecto horrible. Ni en el momento de mayor desaparición que atravesamos las personas -el clímax*****- una mujer deja de observarse a sí misma desde fuera. Ser mujer, culturalmente, es ser un objeto de consumo visual para el hombre, sujeto observador universal. Por eso es fácil que, en el espacio público, unas y otras nos sintamos, digamos, expuestas. Ya no hablo de temerosas -que también- si no de sencillamente expuestas. Esa sensación, por supuesto, se acrecenta con la existencia de las miradas varoniles más explícitas, esas que se suceden desde la adolescencia, y los comentarios al respecto de nuestros cuerpos: bonitas piernas, bonitos ojos, me gusta tu cara, me gusta tu culo, ven aquí. No eres tan guapa como para ser tan borde. No eres, eres, no eres, eres, deberías ser. Oye, qué pasa, por qué no sonríes. Sonríe, chica. Sonríe, mujer. Tírame algo que roer.




Esta invasión del espacio privado que supone el piropo callejero ha intentado ser regulada en numerosas ocasiones, recibiendo siempre una respuesta social polarizada y beligerante. No solo por parte de hombres que afirman disgustados Ya no se va a poder hacer nada (porque no poder decirle a una desconocida lo que opinas de su trasero te deja, por lo visto, completamente desocupado, víctima del lento y agónico avanzar de un tiempo hueco y sin sentido), si no también de mujeres -especialmente, catervas de mujeres francesas incapaces de lidiar con las exigencias del nuevo feminismo, aquellas que firmaron el polémico texto que defendía “la libertad de los hombres para importunar” (libertad de los hombres para interrumpir una conversación de amigas, para poner una mano en el muslo cuando no toca, para hablar cerca, muy cerca, de la cara de la nueva becaria)- que se quejan de que, sin esa posible invasión del espacio personal, se las privará de lo que, al fin y al cabo, construye por completo su identidad: ser deseables, ser seductoras, ser miradas. Si la mirada del otro no se manifiesta, ellas desaparecen. Si un árbol cae en el bosque y nadie lo escucha, ¿hace ruido? A eso debe darle vueltas por las noches en su cama Catherine Deneuve.


Ahora bien, con la pandemia, el acoso callejero se convierte en algo un poco más complejo. Tapadas con nuestras incómodas mascarillas, respirando nuestro propio aliento, algunas reparamos en algo inesperado y, para muchas, fruto de alivio. Ya no nos miran. Somos, de pronto, invisibles. No todo el rato, claro, y no en todas las ocasiones. Pero en general somos seres grises, una masa humana de personas con la cara tapada y los pies animados por la prisa del toque de queda. Sin ánimo, claro, de extraer de ahí una estrategia, no debemos desperdiciar la oportunidad de reflexionar sobre por qué algunas hemos encontrado cierta libertad en la situación más restrictiva vivida hasta la fecha. Hay dos vertientes a tener en cuenta: para empezar, y como comentaba Nerea Pérez de las Heras, la distancia de seguridad hace que el cuerpo y el espacio personal del Otro, o en este caso, de la Otra, se convierta en una especie de templo. Es cierto que solo respetamos ese templo para proteger el nuestro, pero las consecuencias son similares: no me acerco, no miro, voy a lo mío. Y, por otra parte, la ocultación, la invisibilidad como sinónimo de bálsamo, que tiene un poso triste que no debe despistarnos de lo verdaderamente interesante de este fenómeno. Muy observadas y sometidas a examen tenemos que sentirnos como para encontrar amabilidad en un pedazo de tela pegado a boca y nariz.


Entrevistada a raíz de este artículo, Carmen nos habla de la disminución del estrés por exposición que la mascarilla ha supuesto en su caso: “A mí la mascarilla me ha permitido salir fea a la calle y que me dé igual. Me ha ayudado a romper la autovigilancia; creo que, como yo no me miro, tampoco me siento mirada. Ahora también lo estoy consiguiendo sin mascarilla.

También me la pongo si estoy arisca, pensando que me voy a librar de saludar. Y ojalá la costumbre de no dar dos besos se mantenga, sobre todo por las niñas.” En ese sentido, María añade: “Algo que le agradeceré infinitamente a la mascarilla es el no tener que escuchar la típica frase de ‘tienes cara de cansada’ o ‘tienes mala cara’”. Se acabaron los comentarios sobre la calidad del sueño ajeno al llegar al trabajo. Jimena suma: “En mi caso, si bien es cierto el paternalismo con el que algunas personas (familiares y del entorno del trabajo) se dirigen hacia mí, lo cierto es que la mascarilla, la distancia social (y con ello la pandemia en general) me ha ahorrado sufrir algún tipo de acto machista. Además, con la mascarilla puedo ocultar mis dientes y los granitos que de vez en cuando me salen en la comisura del labio (aspectos que a veces no me gustan de mi cuerpo)”. Por su parte, Sara nos comenta: “Es curioso, porque yo noto miradas más intensas de hombres por la calle. Quizá porque, inconscientemente, piensan que por llevar tapada la boca no veo que me hacen el chequeo. Pero, a la vez, me siento más protegida del acoso callejero mediante la mascarilla. Muy paradójico todo en realidad”.


Además de la liberación del juicio externo sobre nuestro físico, para muchas la mascarilla ha supuesto una agradable barrera en el territorio de las interactuaciones sociales. Y es que el asunto de los dos besos, tan dicotómico -los hombres y las mujeres nos saludamos de manera distinta para que quede bien claro desde el minuto uno que ni a nivel social ni de intimidad tenemos nada que ver, que somos como agua y aceite, como Mentos y Coca-cola- es uno de los que más se menciona cuando surge este diálogo entre mujeres.


María nos dice: “No tener que dar dos besos por obligación fue muy liberador en un principio, pero en seguida fue sustituido por el absurdo de los dos besos con mascarilla. No entiendo la manía de ciertas personas de imponer su necesidad de contacto”. Rebeca confirma: “Yo agradezco muchísimo no tener que dar dos besos a desconocidos”. Y Emma, embarazada para más inri, nos cuenta: “Me vino muy bien la distancia social para que no me tocase la barriga sin permiso todo perro pichichi, especialmente personas con las que trabajas y normalmente no te dan ni los buenos días. Por supuesto, también me alegré de librarme de los dos besos falsísimos.”


Entrando en otro territorio, uno algo más oscuro, varias de las entrevistadas se sintieron más seguras en sus trayectos nocturnos debido a las condiciones de la pandemia. Goretti nos dice: “El toque de queda para mí fue una maravilla, ya que madrugo mucho y salgo a la calle a las cinco de la mañana. Mi camino de diez minutos hasta el autobús por callejuelas fue más liviano, porque a esas horas no podía haber nadie en el espacio público. Volví a sentir la sensación de miedo en cuanto quitaron los toques de queda”. Aliga añade: “No sé si tiene sentido, pero yo me sentí (algo) más segura a veces caminando de noche con mascarilla porque de alguna manera me sentía menos expuesta físicamente. En plan ‘bueno, ahora seguro que soy una presa de violación mucho menos atractiva’”. Y Eva, tras haber reflexionado sobre el tema a raíz de este diálogo, concluye: “Me acordé de que el otro día pedías testimonios de personas a las que la mascarilla les viniera bien. Normalmente a mí me va fatal. Es más, si puedo, evito ponérmela. Pero hoy por la mañana me di cuenta de que cada día, al pasar de camino al trabajo entre grupo de operarios que se están preparando, saco la mascarilla del bolso para colocármela. Con ella paso tranquila, pero el no llevarla me supone bajar la cabeza y que algo se remueva”.


Es obvio que este artículo resultará polémico: ¿insinúas que nos cubramos con pasamontañas para caminar tranquilas por la calle?, ¿insinúas que implantemos toques de queda? ¿insinúas que busquemos la libertad en la limitación?, ¿insinúas que la solución a ese malestar en la vía pública pasa por nuestra iniciativa? No, claro que no. No insinúo, planteo ni propongo nada similar.

Lo que intento es aprovechar una contingencia no esperada, -la de la mascarilla, el toque de queda y la distancia de seguridad-, para, mediante una perspectiva de género, entender cuáles son las inquietudes de las mujeres en su relación con el espacio público, qué las dispara, qué las cronifica. Porque tan revelador es lo que nos incomoda como lo que, en un determinado momento, puede hacernos sentir inesperadamente a salvo. Y cuanta más información sobre nuestras experiencias, emociones y dinámicas tengamos, más certeras seremos a la hora de construir, demandar o inspirar soluciones.


No hay duda de que las necesitamos.



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